

El diario de una pequeña soñadora




Tienda de exclusivos adornos para la casa, traídos desde Filipinas, la India, Tailandia, Indonesia y marruecos. Está ubicada en Av. Manuel Montt 1437. Ahí podrán encontrar artículos para niños, hombres, mujer y el hogar. Los precios van desde los mil pesos en adelante, asi que podrán descubrir una variada gama de regalos para todo tipo de gustos.
En esta tienda además hay ofertas todos los días.
En decomerketplace además puedes comprar vía web o al fono 3412908 y las ventas se pueden hacer al detalle o al por mayor. Los horarios de atención son de lunes a viernes de 10 de la mañana hasta un cuarto para las 8 y los sábados de 10 a las 2 de la tarde. Así que recuerda, DecoMarketPlace, “Donde nacen las tendencias”.

Cuando era chica, coleccionaba de todo, pequeños tesoros que me hacían sentir bien, esquelas, pelotas saltarinas, incluso las bolitas. La única manera de ser popular en mi colegio era tener alguna de ellas, sin estos cachivaches, prácticamente no eras nadie; no te pescaban ni para jugar y todas las conversaciones hacían referencia a estos juguetes.
Todas las semanas nos juntábamos con mis compañeras del colegio a intercambiar las esquelas. Si salíamos de viaje juntábamos todos los pesitos que habíamos ahorrado, sólo con el fin de gastarlos en nuestras nuevas adquisiciones, las esquelas. En uno de los viajes que siempre hacíamos con mis papás a Iquique, junté más de siete mil pesos para comprar mis esquelas, así al llegar a Rancagua se las iba mostrar a mis amigas para ver sus caras de envidia. Era una especie de competencia, en donde la que ganaba, era la que tenía más y mejores diseños de papel. En cuanto salíamos a recreo, todas corríamos a instalarnos debajo del sauce del colegio, para abrir nuestras carpetas, sobres y cajitas llenas de nuestras preciadas esquelas. Habían de diferentes olores, colores y yo siempre marcaba la pauta con nuevas esquelas al regreso de las vacaciones. Sin embargo, un día llegó la Camila Maturana mostrando toda una nueva gama de papelitos, todos traídos directamente de Estados Unidos, ese fue el fin de mi popularidad.

Las pelotas saltarinas en cambio, fueron un boom cuando yo tenia 10 años; con mi mamá, cada vez que íbamos al supermercado le sacaba cien pesos de su monedero, y corría hacia las máquinas de sorpresas con la única misión de conseguir una pelotita saltarina distinta a la que ya tenía en la casa. Tuve alrededor de cincuenta pelotitas, cada una más increíble que la otra, y todas rebotaban como diez veces antes de lograr parar. Recuerdo que la primera que tuve fue un regalo de mi nana y así mientras ella planchaba o hacía la comida, yo la acompañaba en la cocina haciendo rebotar mi pelotita saltarina. Finalmente adoptamos a la Keasy, una cachorra labrador y en invierno, mientras la manteníamos adentro de la casa por el frío, arrasó con mis saltarinas, ese fue el último día que las vi.

Con las bolitas, la historia es un poco diferente, nadie me regalo ni hubo inversión de mi parte, cada día iba sigilosa a la pieza de mi hermano, me subía a los cajones del clóset y en la parte más alta, ahí estaban ellas, las relucientes bolitas de cristal. Con ellas competía contra mis compañeros, y aunque impensable, les gané más de alguna vez. Así fui ganando mi propia guarnición de canicas, poco a poco, día tras día, competía contra mis compañeros, a veces ganaba, a veces perdía; nada importaba, sino la cantidad que al final del día obtenía. Lamentablemente un día, mientras subía por la escalera de cajones mi hermano me pilló, y no sólo me quito sus bolitas, sino que también todas las que había ganado yo.